Al cerrar los ojos

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De esos días en los que me daba miedo la idea de irme a dormir…

Cierro los ojos, trato de concentrarme en mi respiración, me obligo a mantenerla tranquila mientras siento como los largos brazos de la niebla salen debajo de la cama y empiezan a subir por mis pies, se deslizan por mis piernas y dejan en mi todo su peso volviendo difícil cualquier tipo de movimiento…

Los abro, sudo frío, respiro agitadamente, está arriba, abajo, aquí, allá, en todos lados y en ninguno, es imposible detectarla, tomarla con fuerza y aventarla lejos de mí o esconderla en ese frasco de galletas prohibidas o debajo de la cama para que no logre salir nunca más.

Y de repente nada, intento cerrar los ojos una vez más y en la primera respiración la siento de nuevo, envolviendo mi torso, mis brazos, empujando con fuerza sobre el colchón y entrando por cada orificio de mi cara para lograr llegar a mi cerebro y ahí poner su campamento.

Mis ojos se abren,  agua salada rueda por mi rostro, trato de descubrirla antes de que llegue a mí, pero no logro distinguirla hasta que la encuentro materializada en mi corazón, en mi cabeza y todo se vuelve un torbellino de pensamientos y emociones sin sentido, palabras que se dibujan en mi mente y no me dicen nada: miedo, sola, loca, ansiedad, diferente, frío, calor, locura, drama, exagerada, descontrol, locura. Palabras que me dejan vacía, aterrada, luchando con todas mis fuerzas contra unos párpados que imploran cerrarse y descansar.

Se cierran, los abro… se cierran, los abro… se cierran y aparece, me toca, me llena, me aterra y no hay nada más que hacer. El destino marca esa noche para ser otra de esas en las que no duermo.

Noche número cinco, prueba no superada.

-Nos vemos pronto

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Querida, Beli (a mis 20 años)

Sé que te sientes un poco perdida, siéndote honesta yo también lo estoy (seguimos en eso juntas, pero de manera diferente). Sé que estas en una encrucijada, te toparás con varias más para tus 26, pero ten confianza en que las decisiones que tomaste te trajeron hasta aquí y te han permitido aprender ciertas cosas que no habrías hecho de otra manera.

No te preocupes tanto, para tus 26 años estas empezando proyectos interesantes que están llenando tu vida de emoción y entrega. Por fin entiendes lo que quieren decir con “el que quiere azul celeste que le cueste”. Pero sabes, también te has dado cuenta de que “batallar”, echarle ganas y recibir críticas duras vale la pena y es algo que estás aprendiendo a disfrutar y a tomar para crecer.

Vas a tener muchas ideas interesantes, atrévete a llevarlas más allá, atrévete a comprometerte con algo, a intentarlo, no te digo que cambiaría tu vida en poco tiempo, pero creo que eso haría que lleváramos el camino un poco más recorrido.

A tus 24 años vas a ver un video en TED que cambiará la forma en que vives tus emociones y las expresas. Ya verás, te darás cuenta de que el amor no es una lucha de poder y que el mostrarte vulnerable te ha hecho más fuerte de lo que creías. Te adelanto que ya te puedes enojar (y te sale muy bien) sólo no te claves en el drama que a veces el novio no está de humor para aguantarlo. Su paciencia tiene límites, no abuses de ella.

¿Qué más te puedo contar? Por fin adoptaste un perro que cambió tu vida y aunque le apesta el hocico porque come popo lo adoras y duerme en tu cama todos los días. Tienes un novio maravilloso con el que estas aprendiendo el arte de tener una relación y compartir tu vida con otra persona. Tiene su chiste y prepárate qué llegar a ese punto va a estar pesado, pero míranos, seguimos sonriendo al hablar de él. Y tu sueño de ser escritora sigue vigente y viento en popa. Te aseguro que para antes de los 30 lo habremos hecho una realidad.

Te agradezco las decisiones que has tomado, no siempre has dado lo mejor de ti, pero ya nos dimos cuenta y estamos en eso. Ah por cierto, lo que dicen es cierto: a los 26 sigues siendo joven pero tu cuerpo ya no responde igual así que si me ayudas no perdiendo el hábito del ejercicio estaría con madre.

Y una cosa más, que también es un gran cliché… después de la carrera el tiempo literal se pasa volando, aprovéchalo al máximo, yo te aseguro que haré mi mayor esfuerzo para que a los 30 podamos voltear para atrás y digamos “Venga, vamos por otros diez igual”.

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-Nos vemos pronto

De confianza y de ti

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Yo quería a esa flor. Cuando tenía ocho años me la topé en el jardín de la abuela en mis vacaciones de verano y fue mágico. Ahí estaba ella: verde, delgada, con unos hermosos pétalos blancos que parecían pedacitos de nube y un bello centro con rayos que asemejaban al sol. Todos los días, al despertar, salía a pasar mis mañanas a su lado. Tomábamos té (que en realidad era agua con azúcar porque el té sabía a plantas y como nueva amante de ellas o al menos de una de ellas no podía atreverme a comerlas, no sería coherente), le contaba mis días y ella, con una paciencia eterna, me escuchaba y se movía al compás del viento mientras me contestaba. Yo, con mis ocho años y sin saber nada de la vida, pensé que estaría siempre para mí.

Los días pasaron y el tiempo para regresar a casa había llegado. Corrí a despedirme de ella, la noté triste: su tallo estaba inclinado con las hojas tocando el pasto y sus pétalos que normalmente alababan al sol estaban caídos como si quisieran alcanzar el suelo, sin vida. Le prometí que volvería, que nos veríamos otra vez, que el tiempo pasaría volando y ni cuenta nos daríamos de que estábamos separadas, en un abrir y cerrar de ojos volveríamos a estar juntas y le contaría todas las aventuras que soñaba tener. Ella en su maravillosa ingenuidad confió en mí.

¡Que bella habilidad tenía! Confiaba en los demás con una facilidad que ahora, entendiendo lo que implica, me asombra. No es fácil hacerlo, me ha costado más de una vida de práctica y aun así me parece una utopía eso de la confianza plena, tener la certeza de algo que tiene que ver con un ser humano es tan poco probable como tratar de evitar que el sol salga y se ponga. Y ella lo aprendió de la manera más triste posible: esperando.

¿Regresé? Sí, pero tarde. Cuando por fin fue invierno y pude volver a casa de la abuela, corrí a buscarla y ya no estaba ahí, el implacable tiempo había pasado sin dejar rastro de ella. Ahora yo la espero en nuestro lugar secreto, por las tardes la busco en otros jardines, deseo encontrarla pero nunca está, y así cómo la confianza que no supe cuidar, no sé si la vuelva a recuperar.

-Nos vemos pronto.

Despertares

Te despiertas, te paras y lo primero que haces es verte al espejo, logras ver tus tan conocidas facciones, te sobas la mejilla, te haces el pelo para atrás y abres la llave, mojas tus manos y sientes el contacto con el agua, por un momento el cambio de temperatura te sorprende, haces un cuenco, te agachas y te salpicas la cara con el agua de tus manos, fresca, mañanera, te diriges a la cocina, prendes la estufa y pones agua a calentar, un buen té para comenzar el día.

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Te bañas, te preparas un ligero desayuno, tomas tu lonchera preparada la noche anterior y al camino. Entre calles y amaneceres te peleas con el tráfico, pasas el día entre semáforos verdes y rojos. Llegas al trabajo, pones tu chamarra y tus cosas donde siempre, vas al baño, te lavas las manos, sales y preparas las cosas para lo que será el día laboral. Pasa una hora, pasan dos, pasan cinco y notas cómo ruge tu estomago, ves el reloj y te das cuenta que es la hora de comer; bloqueas la computadora, agarras tu pequeña lonchera, preguntas a tus compañeros si alguien va a comer y te diriges a la cafetería del lugar, compras un jugo mientras se calienta tu comida, oyes el “bip” del microondas y sacas la comida con cuidado, la hueles, te llega ese delicioso olor a picadillo y arroz, te sientas, de la lonchera sacas un pedazo de queso fresco y uno de aguacate, se lo pones a la comida y te dispones a consumirla tranquilamente.

Regresas a tu lugar de trabajo, desbloqueas la computadora, pasa una hora, pasan dos, empiezas a preparar los pendientes para mañana, organización ante todo para que puedas sacar el trabajo del día, apagas la computadora, tomas nuevamente tu lonchera, ahora vacía, y te despides. Vas nuevamente en el camino peleándote con el tráfico, llegas, lavas los platos, te haces algo ligero de cenar, decides entre leer o ver la televisión, pones agua a hervir mientras te cambias y te lavas la cara, te haces un té y lo disfrutas relajándote, dejando salir en cada trago el estrés del día que está acabando, te levantas, sirves un vaso con agua que pones en tu mesa de noche, apagas todo, respiras profundamente, te acuestas y duermes.

Te despiertas, te paras y lo primero que haces es verte al espejo, logras ver tus tan conocidas facciones, te sobas la mejilla, te haces el pelo para atrás y abres la llave, mojas tus manos y sientes el contacto con el agua, por un momento el cambio de temperatura te sorprende, haces un cuenco, te agachas y te salpicas la cara con el agua de tus manos, fresca, mañanera, te diriges a la cocina, prendes la estufa y pones agua a calentar, un buen te para comenzar el día.

Te bañas, te preparas un ligero desayuno, tomas tu lonchera preparada la noche anterior y al camino. Entre calles y amaneceres te peleas con el tráfico, pasas el día entre semáforos verdes y rojos. De repente te das cuenta que tienes 10 años viviendo el mismo día con pocas alteraciones, como lo son el clima o la ropa que te pones. Donde quedaron esos sueños de la infancia, donde está la persona que querías ser cuando tenías 10, el entrenador de delfines, la abogada, el tenista profesional, la trotamundos, el escritor. Y piensas que no es que tu vida sea mala o vivas infeliz, pero le falta pasión. Te das cuenta que has dejado tus sueños guardados en un cajón, que te has dejado envolver demás por el mundo y has dejado de ver el camino, no, no lo has dejado de ver, no has tratado de caminarlo. Dejaste tus sueños ahí guardados y la comodidad de lo conocido te ha impedido sacarlos. Levantas la vista, ves el Sol saliendo en el horizonte, invitante, provocador, este día es el día que mantienes el rumbo, que decides no dar la vuelta a la derecha en donde lo pierdes de vista, este es el día en el que pretendes alcanzarlo.

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-Nos vemos pronto

Él

“El mundo estaba acabando y de repente se detuvo” dijo el abuelo.

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Esta historia es precisamente sobre eso: como el mundo un día decidió detenerse y lo hizo, y no me refiero a la manera romántica de cuando ves al amor de tu vida y todo se mueve en cámara lenta, me refiero a detenerse como en no moverse para nada.

Él estaba caminando por una calle de la ciudad llamada La Quinta, iba tarde a la escuela, pero llegar tarde a la clase de composición estaba a punto de volverse algo de lo más irrelevante en su vida.

En ese momento un gigante punto morado apareció en lo alto del cielo, como un sol cegador, y al ir levantando la mirada para apreciarlo bien, él vio como el punto explotaba  llenando el cielo con su sombra purpúrea. Minutos después, en el punto exacto donde se poso el sol morado, se vislumbró el color celeste del cielo y este se iba llenando de sus colores comunes mientras ese morado se perdía en las orillas de la Tierra.

Al principio no logró notar algún cambio importante, si, las alarmas de los carros empezaron a sonar y los semáforos dejaron de cambiar de luz, pero eso podría ser causado por una explosión común y corriente, él solo intuía que las cosas no eran igual. Al ir caminando por la calle sentía una presencia extraña en el ambiente, pero por más que agudizara sus sentidos no podía ubicarla, llego a la acera de la escuela y lo entendió todo. Las personas que alcanzaba a ver estaban paradas, sin moverse, detenidas en poses extrañas a medio terminar y pasos inconclusos. Los arboles parecían inmutables al contacto con el viento, ¡No había viento! Los pájaros se mantenían inmóviles en el cielo, el gato se vió interrumpido en el sueño de querer atrapar a su presa, era como si el mundo se hubiera congelado, pero dejando un delicioso clima lo suficientemente fresco…perfecto.

Volteó a su alrededor tratando de encontrar a alguien más, que como él, no hubiera sido hechizado por ese color, pero nada, la ciudad estaba muerta, paralizada en el espacio-tiempo y él estaba sólo.