De esos tiempos en los que esperaba príncipes azules

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Erase una vez una princesa que vivía en una tierra fantástica y mágica, llena de personas audaces, bondadosas, leales y que sobre todas las cosas creían en el honor. Un día, alrededor de los 10 años, encontró la puerta a un mundo totalmente nuevo, tenía los mismos árboles, las mismas calles, a simple vista todo era igual, pero el aire se respiraba distinto y las personas tenían un extraño toque de luz. De vez en cuando se topaba con dos personas que caminaban tomadas de la mano y brillaban con una intensidad cegadora. Ella creyó que esa intensidad se debía a que caminaban juntas y desde ese momento se fue formando en su cabeza la idea de un ser perfecto que iba a venir a completarla, a hacer que su luz brillará con esa deslumbrante intensidad. A partir de eso, su cabeza se dedicó a buscarlo.

La primera vez que creyó encontrarlo tenía 11 años, un corazón limpio y una sed inmensa de conocer. Junto a él empezó a experimentar el uso y desuso de sentimientos y emociones que se veían muy grandes para un cuerpo tan pequeño. Los dos estaban rodeados de un amor que brillaba fuertemente, pero no lo suficiente. Él se fue, tan fugazmente como llegó. Había cumplido su propósito: la puerta estaba abierta.

A los 14 años encontró otro príncipe que le enseñó la absoluta verdad en la frase “el que persevera alcanza”. Pasó casi 5 años con ese amor, entendiendo cómo se formaba y creyéndose sabia y toda poderosa, en su mundo ella tenía todas las respuestas. Pero, ese poder y esa certeza que creía tener la llevaron a ponerse una capa suave y aterciopelada que tapó su luz, dejándolo brillar a él. Llegó el día en que se dio cuenta de que él no era ese príncipe que ella se imaginaba y algo que sentía tan certero y eterno se acabó. Después de todo, brillar por querer brillar, termina siendo un sentimiento vacio.

¿Qué pasaba con ese príncipe que tenía que llegar a completarla? No aparecía por ningún lado. El camino era largo y la gente que lo transitaba era mucha, pero todos iban encapuchados y sus luces se mantenían atrapadas. ¿Cómo encontraría a su media naranja si no podía distinguir su brillo, ese resplandor que estaba hecho para que solamente ella fuera capaz de verlo?

En un momento del viaje se topó con una encrucijada dividida por un enorme lago, se aproximó sedienta y pudo ver su reflejo, obscuro por esa capa que la mantenía firmemente mirando al piso. Miró su sobrio y bello rostro dibujándose en el agua cristalina, acercó su mano al agua, y en el momento en que estaba por tocarla, sus ojos la voltearon a ver, y en ellos encontró una chispa de luz, descubrió su cabeza, desabrochó esa capa que una vez fue suave y ahora le raspaba la piel, se vio, su respiración se cortó, lagrimas brotaron de su rostro y una enorme sonrisa se dibujo en su cara. Estaba completa, su reflejo mostraba un ser hermoso y entero. Ante esta realización su alma empezó a despertar y su cuerpo comenzó a emanar una luz sutil y bella, llena de calor.

A partir de eso, se encontró dando, otra vez, los pasos a un mundo nuevo, tenía los mismos árboles, las mismas calles, a simple vista todo era igual, pero el aire se respiraba distinto y su luz brillaba con una intensidad cegadora.

Esa es, hasta el día de hoy, la enseñanza más importante que la vida le ha dado: No necesitó de alguien o de algo que la completará, ella era una totalidad, ella estaba entera. Cada persona que venía a su vida era una suma a su luz, pero nadie tenía la capacidad de restarle brillo. Entonces entendió que no estaba esperando un príncipe, buscaba un compañero que caminará a su lado, viendo juntos hacia el mismo horizonte.

***

Hoy él brilla junto a ella, sin capas, sin mitades que faltan. Creen haberse encontrado, pero saben que la vida da muchas vueltas y piensan disfrutar de sus brillos por el tiempo que les toque compartirlos. Secretamente, desean que en su historia siga un: “…y brillaron felices para siempre”.

-Nos vemos pronto.

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