Ya no quiero que te vayas

la foto (22)Estaba terminando de leer un libro el día de hoy y de todas las cosas que pasaban por mi mente esas fueron las que lograron sacarme de mi concentración y mandarme a volar. De esas veces que sigues leyendo pero que en algún punto te detienes y dices: “Muy bien, tengo que regresar porque no tengo idea de que leí en esas 3 páginas por estar soñando despierta”. Y no porque sea un mal libro, al contrario, fue ese pensamiento evocado por su lectura que no se pudo obviar.

            Ya no quiero que te vayas. Pude imaginarme claramente la escena de domingo por la tarde acostada en la cama mientras veo cómo arreglas tu maleta (que normalmente consiste en guardar la computadora y meter dos playeras en una mochila más grande de lo necesario). Al terminar te acercas a mí, yo me levanto y me pongo de rodillas en la cama, me abrazas para despedirte y por primera vez me atrevo a decir lo que siento todos los domingos que te veo desde hace casi 2 años: “Ya no quiero que te vayas”. Y es la primera vez no por falta de confianza o pena de exponerme tanto. Si no porque la emoción pudo más que la razón y salió sin poderlo detener (como esa vez que me dijiste te amo de la nada, en una fiesta mientras nos reíamos de un comentario atinado que complementamos a la perfección. Y los dos tomados por sorpresa ante tus palabras nos vimos y nos reímos aún más. La manera perfecta de que esa frase tan temida entrará en nuestra relación). No buscaba detenerlo porque fuera malo, si no simplemente porque no quiero poner una posición incómoda o difícil en nosotros, ya que en estos momentos nuestra realidad no tiene como ser otra, en estos momentos es lo que nos toca vivir y darle brillo de la mejor forma que podamos. Te digo eso, “Ya no quiero que te vayas”, aún abrazándote, me aviento para atrás trayéndote conmigo y logro entrelazar mis piernas en tu espalda baja para sentirte lo más pegado a mi posible.

            No se necesitan palabras en un momento así, sólo sentir tu respiración al compás de la mía y cómo exhalas el aire al nivel de mi cuello, luego me haces sonoras trompetas, nos reímos y se aligera el ambiente, nos vamos separando mientras enlazamos las manos. Caminamos a la puerta, me das un beso y nuestras manos se sueltan mientras cruzas el umbral, “Con cuidado”, te digo.

…..

El primer día que no estás es el más difícil, cuando mi cama todavía tiene tu olor pero tu figura no se dibuja en la sábana. Uno pensaría que sería más fácil porque el recuerdo de tu presencia está fresco, pero no es así, al menos en mi caso. Normalmente hay algo olvidado (como hace dos semanas ese cinturón negro), recuerdo como gané la lotería cuando olvidaste una sudadera y pude dormir calientita sintiendo que me estabas abrazando toda la semana. Después, conforme pasan los días me voy acostumbrando a que no estás, te extraño, pero la sensación es diferente y entonces llega el viernes, entras por mi puerta, me aviento a tus brazos, nos reímos y reinicia el ciclo que no tiene un final escrito en donde sigo diciendo en silencio: “Ya no quiero que te vayas”.

-Nos vemos pronto

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